La Leyenda de la Flor del Amancay: “Quien da una flor de Amancay está ofrendando su corazón”

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Esta frase romántica y que suele escucharse cuando algún caballero ofrece un ramo de Amancay a una dama, tiene sus orígenes en una leyenda ancestral.

Cuenta la misma que en el denominado Paso Vuriloche (ubicado entre las fronteras de Argentina y Chile, en el Cerro Tronador) habitaba un joven que se destacaba por su valentía, su físico y por una voz de extrema seducción, llamado Quintral y deseado por la mayoría de las mujeres de su comunidad. Sin embargo, su atención habría estado depositada en una joven de nombre Amancay, quien coincidiría en sentimientos pero a quien le estaría vedado el vínculo por el simple hecho de pertenecer a una tribu de menor estirpe.

Convencidos ambos que sus padres, los caciques, jamás permitirían la unión en matrimonio, ninguno de los dos se habría confesado el amor que se profesaban. Sin embargo, el destino se encargaría de cambiar ese rumbo.

Cierto día, cuenta siempre la leyenda, una epidemia de fiebre comenzó a enfermar hasta la muerte a muchos de los habitantes de esas tribus. Los pocos sobrevivientes, convencidos que era una maldición de los espíritus, abandonaban sus tierras en busca de un lugar protegido del enojo de los dioses. Quintral no quedó exento y afectado por la enfermedad y en el delirio propio de la fiebre, sólo murmuraba el nombre de su amada "Amancay".

El cacique, quien cuidaba a su descendiente por sobre cualquier temor al contagio, priorizó la "señal" recibida y mandó a llamar a la joven. Enterada del débil estado de salud de su amado, hasta aquí inconfeso, decidió consultar a la "Machi" (hechicera sabia) de la comunidad, quien le indicó que debía conseguir una flor amarilla que solo crecía de manera solitaria en lo alto de la montaña y con ella hacer una infusión como única medicina para salvar a Quintral.

Y hasta la cima del Ten – Ten Mahuida llegó Amancay, trepando con manos y pies que terminaron llagados. Allí estaba esa flor mágica que le devolvería la salud a su amado. Pero apenas la arrancó, notó que el suelo fue cubierto por una sombra espesa; al levantar sus ojos al cielo vislumbró un gran cóndor que posó junto a ella, mientras fuertes vientos azolaban la cima en cada aleteo del ave. El cóndor, guardián de las cumbres, acusó a Amancay de tomar algo que sólo pertenecía a los dioses.

Aterrada, tras confesarle al cóndor lo que ocurría con Quintral, Amancay pactó la entrega de su corazón a cambio de la cura del joven. Y dejó así que el cóndor la envolviera en sus alas y le arrancara el corazón con el pico, no sin antes susurrar el nombre de su amado.

El guardián de las alturas tomó el corazón y la flor entre sus garras para depositarlo en la morada de los dioses. Durante el vuelo gotas de sangre del corazón de la joven fueron manchando no solo la flor, sino valles y montañas. El cóndor le rogó a los dioses la cura de aquella enfermedad que afectaba a la tribu y prometió que a partir de entonces, los hombres siempre recordarían el sacrificio de Amancay.

La "machi", quien aguardaba en su choza el regreso de la joven, comenzó a ver que las cumbres y los valles se cubrían de pequeñas flores amarillas moteadas de rojo. Sobre cada gota de sangre del corazón de Amancay, crecía una flor. La misma flor solitaria y única que había mandado a buscar a la cima del Ten - Ten Mahuida. Supo así que la cura había llegado, pero no con la presencia de Amancay sino a través de ella.

Cuando los miembros de la tribu regresaron en busca de la enamorada, la única respuesta de la "machi" fue un ramo de flores amarillas, las que protegerían a la tribu y en las que se había transformado el amor de Amancay para salvar a Quintral.

Desde ese instante, la historia se convirtió en leyenda y asegura que "quien da una flor de Amancay, está ofrendando su corazón".

Roxana Arazi

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